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Aira en Guayaquil

(para entrar en contexto)
En este mes de julio se celebró en Guayaquil la feria del libro (Expolibro) que contó con la presencia de algunos escritores ecuatorianos y unos pocos internacionales. Entre los extranjeros que nos visitaron estuvo el argentino César Aira, considerado como “EL” personaje no solo porque fuera su primera visita a Guayaquil sino porque es uno de los principales exponentes contemporáneos de la literatura argentina.


De su intervención en la tarde del sábado 11 de julio llamó mi atención su manera de plantear el ejercicio de la escritura (narrativa en este caso): la aproximación al texto.
Hay quienes abogan por la planificación y la narración bien premeditada y organizada. Él, por contraste habló de un solo requisito para salir al encuentro de las palabras: un disparo basta para entrar a narrar y encaminarnos por las sendas de las historias.

No hay guiones establecidos en la cabeza del autor. Sobre la marcha se van reconociendo personajes, llevándose a cabo las acciones, conflictos o desenlaces. Esto no significa que no haya un ejercicio del pensamiento que provea una conexión lógica entre los sucesos, no, pero es -talvez- una manera más libre de relacionarse con la escritura.

Me encuentro identificada al coincidir en su proceder. No siempre, pero suele pasar. Hay un momento clave que viene para anunciarnos la llegada de una idea: una frase, una imagen, una persona, un evento, un pensamiento y… ¡voilá! Ese es el gatillo. Nos sentamos sobre el papel... Los dedos empiezan a moverse vertiginosamente sobre el teclado. O sea, escribimos desde las vísceras.

También nos decía que el no se retracta. César Aira no se corrige a sí mismo, solo espera enmedar cuando llegue el próximo encuentro con las palabras.

Sin más preámbulos, comparto un breve relato de este autor que llamó mi atención y me pregunto: ¿cuál habrá sido el pequeño disparo para esta narración?


*****

El carrito 

Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.

Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire. En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.

Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo. Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?
Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.

Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro. El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:

–Yo soy el Mal.

17 de marzo, 2004

Son mis seis de la tarde


La hora de la bestia es a las seis de la tarde.

Esta bestia tiene más de una hora, porque bien podría hacer de las suyas a las tres de la tarde de un domingo.

La bestia propicia sus horas para devorarnos la soledad y dejarnos más vacíos que si nos sintiéramos solos.

Existe indiscutiblemente para todos los paladares, en diferentes texturas, con diferentes nombres, sensaciones y apariencias.

Existe, y cuando se se siente es inaceptable.

No es la bestia, sino su hora que nos absorbe cuando el dominio de los sentidos es pleno, porque solo en la plena conciencia la bestia surge entre esas tienieblas que nosotros mismos permitimos que se formen dentro la habitación, aun cuando es de día.

La hora de la bestia me sucede ahora: son mis seis de la tarde en este martes.

Cuál es tu hora de la bestia.

Visual

Hay cosas que están por encima del anillo. Por eso cuando llegamos a la habitación le ordené que se acostara de una vez. Ya no quería escuchar aquel discurso melodrámatico que siempre va encabezado por la misa frase: Todas mis amigas se están casando, solo falto yo.

Hay cosas que está por encima -mucho más arriba- del anillo.

QWERTY

Una tecla para cada relación, una tecla es una relación, sin teclas no hay relaciones.

¿Cuántas veces pulso teclas a lo largo del día? Teclas del celular, de la computadora, teclas para saludar a un amigo, novio, comunicarme con un jefe o amigo a distancia. Nuestra vida, en ocasiones, se ordena en función de las teclas. El mundo QWERTY, el mundo Messenger, el mundo facebook, Twitter o SMS.

Los botones (para ya no repetir la palabra teclas) cobran vida porque el ser humano, que es ser un social por naturaleza, necesita interactuar. Nuestros desarrollos (aunque en realidad sean de Blackberry, de Microsoft, Apple o Nokia) nos permiten tener a nuestros amigos y familiares al alcance del pulgar. Podemos estar trabajando desde nuestras oficinas a unos cuantos kilómetros del otro, pero eso no impide que hablemos, incluso sobre nimiedades, mientras desempeñamos nuestras tareas cotidianas:

"Me acabo de caer e hice el ridículo, no tienes idea, qué vergueza", le dijo Claudia a su hermana a través del Blackberry messenger. Probablemente, si no tuviera la posibilidad de comunicarse a través de este canal, no se hubiera tomado la molestia de hacer una llamada o una visita personal para alterar el orden natural del día de trabajo de su hermana. Entonces, esta posibilidad de compartir cosas menos "trascendentes" con nuestros semejantes, ¿enriquecen o banalizan nuestras relaciones?

No hay que condenar a nadie ni a nada. El relativismo es algo propio de la posmodernidad: cada uno con sus auténticos cultos, ideales, prácticas, narrativas, tradiciones, costumbre. La lista es infinita pero la interrogante queda colgada en el aire y podría desencadenar un amplio debate entre los puristas de las relaciones interpersonales vs. los vanguardistas. Yo le apunto a la vanguardia, pero una vaguardia equilibrada, sabia, sensata y que sepa hacer de estos nuevos medios de interacción vías idóneas que nos ayuden a fortalecer nuestras relaciones, sin necesidad de descuidar el contacto personal que es tan indispensable para un sano crecimiento “sociabilizante”.

En honor a estos cuestionamientos que me atañen propuse –en el medio de comunicación en donde trabajo- abordar dicha problemática. En medio de la redacción de alguna nota periodística hago pausa para compartir con ustedes el resultado de mi análisis y breve investigación.

EL PODER DE LAS TECLAS


Las teclas construyen palabras pero, ahora que se lo hemos permitido, también construyen relaciones. Los emails, mensajitos y chats son piezas clave para la interacción.

No los conocía personalmente pero conseguí sus celulares a través de un conocido y acordamos –vía Blackberry- encontrarnos para conversar. Los cinco entraron al restaurante y se sentaron alrededor de la mesa: Mario, Alexandra, Carlos, Diana y Estefanía. Cinco chicos posmodernos de entre 20 y 25 años que, en más de una ocasión se desviaron del dialogo para atender sus celulares que vibraban para anunciar la llegada de algún mensaje de texto. En medio de la conversación me percaté de que Diana y Alexandra intercambian miradas cómplices. ¿Estarían teniendo una conversación cruzada, adyacente a la nuestra, a través de sus Blackberrys que no dejaban de vibrar? Esto me recordó cómo, gracias a unas cuantas teclas de ordenadores o celulares, han cambiado las comunicaciones. Estefanía me interrumpió el pensamiento cuando dijo: “Yo no podría vivir sin mi celular, es la única manera para estar conectada con todos mis amigos y familiares todo el día”. Acto seguido su atención se desvió porque a ella también le sonó el celular.

Nacen los virtuales
En el mundo de las relaciones interpersonales hay que partir de ciertas premisas básicas: el ser humano es un ser social por naturaleza y debido a ello tiene la inminente necesidad de estar en constante contacto con sus semejantes. Si bien antes estábamos acostumbrados a un contacto cara a cara, a través de cartas o del teléfono, hoy en día el escenario de las relaciones se ha alterado casi drásticamente. “Estamos frente a nuevas formas de relacionarnos y creo que las generaciones tienen todo el derecho de explorar nuevas alternativas hasta encontrar aquellas con las que se sientan más cómodas. En este caso estamos hablando de los medios de comunicación virtuales: celulares, chats, etc”, dice Cecilia Ansaldo, educadora, quien además de conocer estos medios adopta una postura reflexiva al recordar la evolución del comportamientos de sus alumnos en sus 35 años de carrera de docente. “Veo jóvenes en la universidad con sus computadoras, rodeados de gente, pero prefieren hablar con los otros que están en las ventanas de su pantalla”.
Lo que la sociología nombra sociedad de la información tiene su origen en la década de los noventa con la llegada de Internet a nuestras vidas. Gracias a ella, lo que antes parecía impensable se hizo realidad: las comunicaciones rompen barreras de tiempo o espacio y hay un acceso inmediato e ilimitado a todo tipo de información. De pronto descubrimos que estábamos hipercomunicados. Fue hace más de diez años que Mario y Alexandra se encontraron por primera vez con la posibilidad de entablar relaciones interpersonales que no les pusieran como requisito una presencia física o una voz, solo necesitaban estar parados frente a dispositivos que los conectaban –y los siguen conectando- virtualmente con los demás.

Ritos iniciales
Algunas generaciones recordarán su iniciación a la red cuando enviaron las primeras cadenas o “forwards” a través de Yahoo o Hotmail; o de los primeros amigos extranjeros que hicieron en los célebres programas mIRC o ICQ. “Me acuerdo de Baticueva (sala de chat mIRC), ahí estaba metido todo el mundo. Después del colegio llegábamos a conectarnos; seguías hablando con tus amigas que acababas de ver hace media hora. Y también te hacías amigos de afuera, de Filipinas o India e intercambiabas fotos”, cuenta Estefanía. Aquellas fueron las primeras ocasiones en que pudimos conversar fuera del país sin tener que salir de nuestro cuarto de computación, del cyber café o de nuestra oficina. A pesar de que algunas empresas desarrolladoras de estos productos conocieron mejores estrategias para mantenerse en pie hasta el presente, el medio fue indiferente para los usuarios pues siguen migrando de una alternativa a otra y encuentran los canales adecuados para mantenerse comunicados. En la actualidad el lugar más popular para reunirse a chatear es el MSN Messenger de Microsoft que, inclusive, se puede instalar en varios de los smartphones que nos ofrece el mercado de móviles. Las posibilidades para relacionarnos por vías digitales son casi infinitas. En Ecuador las más comunes son: emails, salas de chat, mensajes de texto SMS, chats de Blackberry y redes sociales como Facebook o Hi5.

De la carta al email
Hay quienes aún miran con recelo a los medios tecnológicos, quienes suspiran añorando el pasado, los días de las cartas escritas a mano y largas llamadas telefónicas. “Todo es cuestión de formatos, yo soy una persona de formato Blackberry, mi papá es de formato teléfono convencional y mi abuela es de formato carta. Así lo veo yo y no podría imaginar que fuera de otra manera porque siento que así puedo estar mejor comunicada con los demás”, antes de que Diana terminara la frase, su opinión me remitió hasta una idea que había compartido conmigo, días antes, el sociólogo de la FLACSO, Mauro Cerbino: “Estas comunicaciones, que son formas orales llevadas directamente a lo escrito, potencian nuestras capacidades de comunicación, hacen las conexiones con el otro más rápidas y efectivas. Piense que si nuestras relaciones están hechas de palabras y contactos verbales, entonces estos intercambios virtuales (verbales y constantes) sirven de soporte y ayudarán a engrandecer las relaciones. Creo que nos van preparando para el próximo encuentro físico”.
¿Entonces no podríamos decir que estos medios empobrecen las relaciones? Cerbino negaría con la cabeza: “No podemos decir que son los medios los que empobrecen la relación. Si hay empobrecimiento en las relaciones eso es consecuencia de malestares que ya estaban antes en la sociedad como la incertidumbre, las inconsistencias o aburrimiento de las relaciones. No podemos echarle la culpa al medio”.
Sobre este punto se podría desarrollar un amplio debate entre los “puristas” de las relaciones interpersonales y los vanguardistas. Cecilia, por su parte, no condena al medio pero señala que: “sí se corre el riesgo de reducir las relaciones humanas a su mínima expresión porque, por lo general, por estás vías se coleccionan listas de amigos pero cada vez se busca menos el contacto personal”. Talvez se trata de una apreciación personal pero es muy cierto que hay quienes no encuentran un equilibrio y abusan del chateo, del envío de mensajes. Pasan horas frente a un computador y dejan pasar el tiempo sin recorrer la ciudad, encontrarse con el otro que está en las calles o compartir cara a cara con un amigo mientras toman un café. “Hay algunas personas que molestan porque si estás con ella no te para bola por estar pegada al celular y te dice: espérame un ratito, espérame un ratito”, cuenta Mario.

Más fácil por mensaje
Mientras continuamos la conversación ellos lanzan una estadística que podría sorprender a algunos. Diana admite que de las quince horas que permanece despierta, por lo menos durante el 80 por ciento se encuentra conectada a través una vía u otra. Los demás lo asienten con la cabeza. Ya sea por el Blackberry, mensajes de texto o emails, alimentan el intercambio con amigos y familiares. Sostienen que esto no implica una desatención de sus obligaciones laborales. Sin embargo, a muchas empresas les preocupen los abusos de sitios web, programas o teléfonos móviles y hacen un seguimiento riguroso de dichas prácticas. Talvez nos encontramos frente a una generación que sabe manejar su tiempo y concentración para desempeñar varias tareas a la vez y de manera eficaz. Según estos chicos, ellos lo hacen bien. “Por aquí puedes contar cosas menos importantes (triviales). Por ejemplo: me acabo de comer un helado riquísimo. Nunca vas a llamar a nadie solo para contarle eso. Pero sí se lo dices por Blackberry”, dice Alexandra. Entonces estos medios van abonando la comunicación cotidiana para lo que Cerbino diría que es una nueva posibilidad de estar en constante contacto con el otro, de sentirlo más cercano. Será cierto entonces cuando dicen que en las pequeñas cosas se va conociendo a la gente. Talvez.

Estas nuevas configuraciones son, en efecto, y como señalaba Diana, nuevos formatos. Hay cambios en las relaciones interpersonales que son innegables. De hecho, descubrimos en ellas un nuevo atractivo porque permiten construir mensajes más originales (con fotos, emoticons o videos) y lanzar provocaciones que son menos comprometedoras o responsables. Si el hablante lo desea, tiene la posibilidad de aprovechar los recursos lingüísticos que conoce para entrar a un nuevo juego de seducción donde el componente de la vergüenza se desvanece. Aquellas son barreras que las coloca únicamente el diálogo cara a cara. “En presencia de la mirada, la postura y las expresiones, el establecimiento de los canales complica el contacto en una relación. Pero el mensaje sirve como momento preparatorio que ayuda al que aun no puede decir las cosas en presencia del otro”, señala Cerbino.
Vale la pena preguntarse: ¿estamos frente a emotividades falsas o incompletas? Nuevamente se podría retomar el debate pero estos cinco chicos cibernéticos no se inquietan pues también califican estas posibilidades como favorables. Carlos, por ejemplo, es pro mensajitos: “Estás cubierto, con el mensaje o el mail puedes pensar bien antes de decir cualquier cosa. Te evitas las sorpresas o el tartamudeo que pasa en persona y efectivamente, sí dices cosas que no dirías en persona pero eso no es malo. Si a alguien le da vergüenza decirle ‘te quiero’ a una chica, lo hace por celular y eso es mejor que no se lo diga nunca”.
Un te quiero, un te extraño, ¿tienen menos valor dicho en lenguaje virtual? Cada individuo juzgará. Sería precipitado señalar categóricamente que la emotividad se evapora por estos medios. Quizás sea más difícil encontrarla en relaciones que se basan únicamente en lo virtual (relaciones a distancia), pero en aquellas que saben alternar espontáneamente entre un espacio y otro (físico y digital), mientras sepan encontrar un equilibro, las resultados pueden ser favorables. “La emotividad tiene que abrirse un camino propio, haciendo conciencia de que no se puede permitir que la palabra oral se pierda por completo en lo que decimos por mensaje o por email. A veces sucede que el formato nos obliga a reducir las expresiones y van quedando cosas que no se dicen”, insiste Cecilia quien, por su culto a la lengua, teme además por los vicios del idioma que se presentan con frecuencia a través de estos canales comunicativos.
Hay que cuidarse la espalda, cuidarse de excesos. No es responsable satanizar al medio pero tampoco abusar de él. La posmodernidad nos pone las teclas sobre la mesa para que vayamos entretejiendo contactos, interacciones y relaciones que pueden nutrirse de lo digital si somos prudentes o adelgazar si descuidamos el contacto cara a cara. Pero la malnutrición no debe depender del chat, del email, del mensajito; depende la persona. Prueba de ello, y no como caso excepcional, es el baúl lleno de cartas del ex novio que mencionó Alexandra o las decenas de emails y mensajes interactivos por Facebook que Mario intercambia a diario con familia y amigos a la distancia. En el fondo, todo es cuestión de subjetividades, otro síntoma de la posmodernidad.

En citas
Lo que se extraña
“Ya no te llaman por teléfono, pero la llamada al convencional era mucho más importante porque contestaba tú mamá y tenían que identificarse. Había más compromiso”. Alexandra, 23 años.


“Es verdad que todo depende de la persona para que sea más o menos romántica con flores y cartas. El problema es que todos estos medios facilitan las cosas y hacen que esos detalles lindos se den cada vez menos”, Estefanía, 20 años.


Problemas por las teclas
“Todas nuestras relaciones de amistad o pareja se basan por lo menos en un 60 por ciento en medios digitales. Por ejemplo: le va a importar a tu pelado el estado (civil) que pongas en el Facebook, las fotos que pones en tu perfil –tus amigas se enteran si no las invitaste a un evento-, las conversaciones que tienes en el celular, los nombres que tienes en tus contactos, etc. Y tu pelado te dirá: ¿por qué hablas con él? Entonces pueden haber problemas”, Diana, 22 años

Enemigos de los infieles
“Hay que recordar que la tecnología es la enemiga número uno de los sinvergüenzas. En otras épocas no te descubrían tan rápido como ahora. La mayoría de hombres infieles que yo conozco los han descubierto porque le leyeron el mensaje, porque lo vieron en una foto de Facebook o porque le pasaron una foto por el Blackberry. Justamente ahora que ya la comunicación por el celular no es solo el mensajito, sino también la foto y el voice note (mensaje de voz); te descubren en el acto. Esa misma noche que está con otra, a la pelada le llega una foto de la amiga delatándolo”, Mario, 25 años.

Start/Commencer/Empezar

Despiértate y anda.

Es esta la primera entrada de un blog que se engendra casi por inercia. No hay un motivo particular para gestarse, solo una vaga iniciativa que se despierta con el interés de desembocar en algo más.

Por el gusto de escribir. Escribir lo que no se dice. A mi juicio, la palabra escrita tiene más belleza estética que la pronunciada (depende de la voz, claro). Son tantas las palabras que dejamos de decir a cada minuto, a cada segundo, en nuestra vida cotidiana, que vale la pena desperdiciar un fragmento del día para darles cabida a ellas: las palabras no nacidas.

Los morfemas se irán juntando para formar palabras y acaso hacer eco (como fonemas mentales) en la cabeza de algún ciberlector que se interese por lo que aquí se tenga que decir. Informes, mis palabras empiezan bostezando sin saber qué depara la aventura de la virtualidad. Acaso algunas fotografías, videos o frases logren darle un sentido más trascendental.

Esto es apenas el comienzo, el amanecer de un blog que se despoja de un pijama de cebra que sacó del cajón de la ropa limpia.

Se coloca un par de calcetines, luego la ropa interior, se detiene frente al espejo y por un instante imagina que es un vampiro porque parece no tener reflejo. La habitación está a oscuras porque los blind outs siguen corridos. Talvez más tarde cuando abra las cortinas encontrará algo más que contar; cuando él (el blog) descubra las paredes de la habitación, los muebles que la decoran, las palabras que allí se pronuncian y los pensamientos que se callan.

Empieza a germinar. Pido permiso para fecudar con cautela y meticulosidad esta primera aproximación al universo de lo digital como un exorcista de la subjetividad.

Bienvenu

Un espacio privado para compartir con lectores invisibles.